DON JOSÉ ORTEGA: LOS YAQUIS EN EL RIO SONORA



Don José Ortega Argüelles era originario de la Hacienda San Joaquín municipio de Ures. Fue todo un personaje  en sus años de vida y de trabajo en El Jojobal, San Felipe. Tiene 103 años de edad  al momento que recibe  a su entrevistador en su domicilio en la Colonia Palo Verde de Hermosillo, en el año de 1983.
Es extremadamente moreno, de rasgos indígenas muy acentuados. De estatura regular, de complexión fuerte y como tal, el tono de su voz. Muy apegado al trabajo agrícola, ya como peón de las haciendas de fines del siglo XIX y principios del XX, o en sus propios temporales que abría en los ancones de los arroyos serranos, donde generalmente sembraba maíz, calabazas y chile. Era incansable para el trabajo; a su decir y sin lugar a dudas, era muy madrugador y  a eso le atribuía su longevidad.
 Recuerda que dormía profundamente pero sólo el primer sueño. Se acostaba temprano y para a las dos o tres de la mañana  ya estaba de pie "cafeceando y emprendiendo la primera jornada ". A las primeras luces del alba desayunaba fuertemente "pa'aguantar el día" y llevaba el "lonchi" de ser necesario; caso contrario, volteado el sol acudía a comer y continuaba la jornada hasta la cena.     Lo mismo andaba a pie (y mucho) que a caballo o en burro.
Se le recuerda como  muy correcto y propio al dirigirse a las personas y muy educado, aunque nunca fue a la escuela. Siempre se veía limpio en sus ropas y era muy común verlo con camisas de manta que le hacia su esposa, "Rafaila"; siempre usaba teguas que el mismo hacía. Eran dos "viejos" muy estimados y respetados en la comunidad de El Jojobal. Jamás se supo que se dejaran llevar por un mitote o maledicencia y siempre estaban dispuestos a ofrecer algo de lo que ellos tenían de comida: chicos, rueditas, bichicoris, ricas empanadas o cuando menos un café con queso fresco.
           

Cuando se iba el agua en la acequia de la comunidad, que surtía a todo el pueblo, el pozo de la casa de ellos se ponía a disposición de todos los pobladores.
Fue un poco difícil  lograr la entrevista, ya que le imponía la grabadora, muy voluminosa en esos tiempos la cual era de plateado brillante. Gracias a su nieto Ramón que lo convenció diciéndole que no era nada malo, que solo era para guardar recuerdos y así se pudo grabar cerca de una hora de conversación con tan distinguido habitante de El Jojobal a quien se  identifica como uno de los muchos personajes inolvidables de aquella etapa de la vida  de la comunidad  de El Jojobal.


ENTREVISTA COMPLETA


-Jesús Terán Morales (JTM).- ¿Dónde trabajaba usted cuando se alzaron los Yaquis?
- José Ortega (J.O.) Trabajaba con Don Manuel Quiroga dueño del molino triguero de Huépac. Viajábamos a Hermosillo en carros de mulas. Llevábamos harina y otras cosas y traíamos madera. Recuerdo unos barrotes pesados de 12" x 12 ". En una ocasión tardamos un mes redondito en dar la vuelta completa.
-J.T.M.- ¿Le tocó que los Yaquis los atacaran en su camino a Hermosillo?
- J.O. No, a nosotros no, pero vimos muchos destrozos. La gente nos informaba a quiénes habían matado, correos principalmente. Ahí en el cajón entre Mazocahui y la Cuesta del Sol (Ures) mataron en diferentes fechas a José Rentería, a Francisco Antúnez y a otro señor que no recuerdo su nombre. ¡Mataban nomás por gusto!
A mí me tocó la época del General Padilla (Jesús) Comandante del Regimiento asentado en Huépac y con él participé en dos zafarranchos.


En una de las ocasiones en un lugar llamado San Joaquín, de donde yo soy originario, arribita de la Sierra, no muy lejos, estaba un campamento de Yaquis. Le avisaron al General a Huépac quien juntó mucha gente porque le hablaron de un grupo grande. En esa bola iba yo.


En ese cajón hay unas lomitas que se llaman de Mateboca y también y le dicen El Espinazo,  por ahí va el camino real a Ures.


Íbamos por allí y vimos una escoltita (soldados de línea) que iba y venía por ese camino, cuidando a los correos. Los Yaquis se movían libremente, conocían el terreno y sucedió que nos encontramos a esos soldados y pronto dejamos de verlos pero al poco tiempo ya estaban de vuelta  muy asustados y fuimos a reconocer el terreno dándonos cuenta de que los Yaquis pasaron atrás de nosotros rumbo a la sierra de Aconchi.


Entonces el general ordenó: vamos a hacer muchas lumbres para que se confíen y antes de la madrugada les vamos a caer encima cuando crean  que todavía estamos acampados; pero resulta que el general y algunos otros oficiales se pusieron en tragos y a otro día, alto el sol, salimos a la sierra.


El general echó una avanzada por delante (23 voluntarios) y el se fue con la demás gente y "aí" vamos tras ellos. Así llegamos a donde habían matado unas reses, pero ya no estaban ahí, se habían ido a lo alto de la sierra. Allá muy lejos después de caminar por la sierra alta, unos muchachos de Baviácora, unos Maldonado, uno de ellos hijo de Don Carlos Maldonado, eran los jefes. Allí nos formaron y nos dijeron que nos alistáramos. ¡Mucho cuidado que ahí están los Yaquis! Nos dijeron. ¡Si quedamos aquí no le hace, nos les vamos hacer fuertes! Un muchacho preparó el rifle y lo dejó listo pero quien sabe cómo lo tentó y ¡Pam! Tronó el rifle. ¡Qué les pasa! gritó el jefe y al ver la situación ordenó: ¡Ándale, ahorita van a arrancar! Milagrosamente el muchacho no me mató a mí, porque yo estaba arriba de un macho y el tenía el rifle atravesado y estaba muy nervioso.


Arrancamos y en unas lomitas los vimos y empezamos a tirarles. Eran algunos indios y muy buenos para "subir pa'rriba "; iban con la mochila en el lomo corriendo como si fueran por lo plano. Brincaron una barranca y se nos fueron. Algunos de los nuestros quisieron seguirlos pero dijo Wenceslao Maldonado: ¡No, no vamos a seguirlos, el General viene muy lejos con la gente! Le mandó dos correos diciéndole que le urgía la gente, pero nunca llegaron, ni los correos ni la gente, ¡Sabe que pasaría!...

-J.T.M.- ¿No era mucho riesgo quedarse ahí sin apoyo?
-- J.O.  Sí, pero nos dijo el jefe: Son muchos los Yaquis y nosotros somos 23, aquí nos vamos a estar mientras llegan los refuerzos. Al mucho rato llegó una avanzada y ordenaron que siguiéramos adelante.
-J.T.M.- ¿No hubo muertos en la escaramuza?
-- J.O.  Si hubo. Íbamos hechos jiras por lo pesado del terreno. El jefe iba adelante y ya para encumbrar hasta arriba, donde estaban los Yaquis parapetados, vio la trompetilla de un rifle por arriba de un peñasco y gritó: ¡Aquí están! Y al instante se soltó una tracatera.
Ahí mataron a uno de los guías y a un señor de San José; hubo trece heridos y caballos murieron muchos.
-J.T.M.- ¿Cuántos Yaquis murieron?
- - J.O. No supimos.  No se reconoció el campo. Ya en la "nochi" ordenó el General que no se hiciera, pero pasamos por donde habíamos "peliado"  y tampoco reconocimos el campo.
Avanzamos rumbo al rancho del Tarais, buscando qué comer. Mataron una res, nos tocó un pedacito de carne por cabeza ya que era mucha la gente y el General se opuso a entrar a la sierra de Aconchi y de ahí nos fuimos pal' rio. Dos veces me tocó ir contra los Yaquis.
El otro fue cuando pelearon en un lugar llamado el Malacate junto a los Güérigos en la parte baja de la sierra. Ahí venía Don Jesús Terán de Huépac, tu abuelo.
-J.T.M.- Yo tengo una fotografía que se tomaron en 1927 cuando ya iban a salir en busca de los Yaquis, según me explicó mi madre. Cuando le pregunté a mi padre, foto en mano, dijo que no se acordaba bien, a pesar de que él aparece en la foto junto con su padre.
- - J.O. Pues sí, así se juntaba la gente y en esa ocasión veníamos del Torreón tras los Yaquis, nos mandaba "Rafai" Noriega y por él supimos que los Yaquis estaban en el Agua Caliente. Hasta allá fuimos y luego oímos los macanazos y le dijo Victoriano Samaniego, hijo de Don Atilano: ¡Rafai, ya están tirando pa' tal parte! ¡Vamos!
Habíamos llegado ahí a tomar café y a ver qué comíamos. Estábamos amasando, cuando dijo: ¡Arriba, vamos, levanten todo! No los alcanzamos pero nos fuimos tras ellos y en el cajón del Guérigo allí mataron a un yaqui pero también hirieron a Salcido de Aconchi y a Francisco Contreras de La Estancia.
También iba Macario Degollado. Muertos nuestros no hubo, sólo heridos.
Un tal García de Aconchi me platicó que uno de Baviácora le dijo que estaba herido Salcido cuando se le vino encima un yaqui quien le gritó: ¡Mira, te voy a enseñar cómo se mata! Y así herido Salcido lo aseguró y ese muchacho de Baviácora le cortó la cabellera y los "Güevos ".
Al llegar a la Estancia de Aconchi me dijo: ¡Vamos pa' donde están los Yaquis! ¡¿A qué vas? –Le dije- son yaquis mansos, no los vayas a alborotar porque si te llegan a agarrar por "ai" te van a hacer pipián! (Carne con chile, comida regional) y les enseñaba los güevos del Yaqui, pa' picarles la cresta. Los yaquis acosados no decían nada, pero, ¿Cómo estarían?
Esos dos zafarranchos nomás me tocaron. Entonces estaba soltero, sin compromisos. De todos modos donde viviéramos en las noches rondábamos y una noche me asustó una vaca. Creíamos que era un señor zapatero de Ures, Don Pablito. Y como eran unos callejones con huertas y milpas por los lados y había muchas ramas, nos habíamos ido a una esquina del cerco "a ver que veíamos" y escuchando. Oímos unos pasos y me puse atrás de un palo esperando a los Yaquis. Y por qué no viene una vaca y se paró enfrente, cuando al mucho rato hizo el animal ¡puff! (resoplido) y que susto nos sacó. ¡Cómo nos reímos de lo que pasó! . Así vivíamos, por eso salimos de ahí. Todo mundo traía los yaquis en la boca.
-J.T.M.- ¿Y eran tan malditos los yaquis como dicen?
-- J.O.  ¡Ah, qué bárbaros! Eran muy viles pa' matar. Me platicaron que ahí en el camino de Santa Margarita, mataron a unos y antes de matarlos los desplantaron (cortar la planta de los pies) y los hicieron caminar por la tierra caliente.
-J.T.M.- ¿Y usted cree que los yaquis tenían razón? ¿Usted sabe por qué fue la lucha de los Yaquis?
- - J.O. Si
-J.T.M.- ¿No les da la razón?
-- J.O.  No, aún como haya sido, eran muy ingratos para matar.
-J.T.M.- ¿No supo usted que un una de tantas subidas a la sierra, los voluntarios llegaron a un lugar con agua, como para batir pinole y en ese momento que lo estaban haciendo les dieron el grito: ¡ "Ai" vienen los yaquis! Y ante el apuro se pusieron los sombreros con todo y pinole y que llevaban unos chorros por las orejas? Mi tata Mariano Morales Santamaría me contó esa anécdota chusca.
-- J.O.  De eso no supe, pero eso mismo me platicó otra persona.

-J.T.M.- Además en los apuros por huir del peligro, uno de los que iban en la bola se trepó al caballo sin desatarlo y azotó hasta donde llegó la piola.
-- J.O.  Eso de la piola fue donde hirieron a Salcido y a Contreras. Sucedió que cuando dieron el aviso de los yaquis, éstos se les echaron encima porque no tuvieron otra salida.
Nosotros veníamos bajando por un cordón muy largo y muy alto con las carabinas listas. Algunos se tiraron a pie y los encerraron. Allí fue donde mataron al yaqui que le dije.Eso fue en los Cajones y dieron la orden de salida y ese animal estaba amarrado y así sucedió en el llamado Malacate.
- J.T.M.- Mi tata Mariano la contaba muy sabroso ya que le ponía mucho humor, sobre todo a la de la batida de pinole. Decía que llegando a Huépac contaban que habían matado a muchos yaquis, pero se callaban los demás haciendo un trato para que nadie dijera nada, ya que "los muy valientes" se molestaban si se sabía la verdad. Mi abuelo me dijo que en esa ocasión hirieron a uno en una "pata" (pierna) y que cuando iban huyendo al herido le "volaba" la pierna herida sin que nadie se acordara de ello.
-- J.O.  Pues sí; ahí en la Sierra de San Bernardino los Yaquis agarraron a unas gentes de Ures, pero que uno de ellos no quiso escaparse y que le gritaban: ¡No vamos a poder con los yaquis, vámonos Patricio! A lo cual él contestaba: ¡No, yo no me voy, aquí mato o me matan…! Y lo mataron, se le acabó el parque y lo agarraron con la mano. Me platicaba un compañero de él, que fue el último en huir, que no lo pudo sacar de allí ni rogándole (era un guachito federal), ¡Vámonos Patricio, vámonos! Pero viendo que no quiso él arrancó entre el monte rumbo al río y salió a la Aurora de Baviácora, descalzo porque hasta los zapatos tiró, hechos pedazos los pies.
Contaba que fue y se paró muy lejos y hasta allá oía los gritos de los yaquis que decían: ¡Anda compá! ¿Cuánto quieres de "carni "? Pa' cortarle. Vivo el cristiano. ¡Ay, que malditos! Tuve que venirme para no seguir oyendo. Contaba que él se escapó porque se les perdió en un lugar muy boscoso.
-Por eso fue, como digo, que salimos de ahí y fuimos a dar con Vicente Terán a Huépac, por esa nación tan mala. ¡Ah, como peligrábamos nosotros ahí!
 - J.T.M.- ¿Y ya que se asentó usted en el Jojobal, que más supo de ellos?
-- J.O.  A mi hermano Lázaro lo agarraron junto con otros. Estaban jimando mezcal cuando les cayeron, les destrozaron toda la ropa, los pantalones se los hicieron jiras, pero no les hicieron daño. El otro se asustó mucho y se enfermó del estómago. La gente decía que se le fue la tripa, que sabe que más y murió del susto que había  llevado. ¡Pues eran temibles!
 - J.T.M.- ¿Pero antes fueron peor los apaches?
- Esos no los conocí.

Don José Ortega Argüelles nació en 1880 en las cercanías de Ures y murió en 1985 en Hermosillo.
Entrevista realizada por Jesús Terán Morales en el domicilio de Don José, colonia Palo Verde, Hermosillo, Sonora, en el año de 1983.

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