EPITACIA, UN PERSONAJE INOLVIDABLE

Era muy morena, de rasgos indígenas muy acentuados, pómulos salientes, mandíbula ancha, dientes blancos y fuertes, ojos pequeños e inquisidores, estatura regular y pernizamba.

Era muy platicadora a pesar de que siempre vivió sola; cuando amanecía “con la luna” pasaba por el camino real ignorando a todo el que se encontraba sin corresponder al saludo obligado de: ¡Buenos días!, ¡Buenas tardes! O ¡Quihúbole Pitacia! ¿Cómo estás?; si acaso respondía con una especie de rezongo respecto a su salud y una recomendación de que no se metieran con lo que no les importaba.

Sin embargo, era apreciada por todo el mundo, debido a sus afanes para sobrevivir en la pobreza, sin más ingresos que el que le daba su propio trabajo, haciendo trastos de barro (ollas para el agua y cajetes). Tejía sombreros de palma, la cual preparaba cuidadosamente en lo mas húmedo y oscuro del único cuarto que habitaba; también tejía la palma un tanto gruesa para hacer “guaris” y petates; de los restos del material hacía escobetillas para lavar los trastes y limpiar el comal.

Su fuerte era hacer pinole de trigo de maíz, para lo que utilizaba un metate de épocas muy pasadas ya que así lo denotaba su desgaste. También lavaba ropa ajena y algunas veces se le vio en las pizcas de algodón.

Su actividad económica principal era hacer ollas y cajetes de tierra colorada, lo cual trabajaba meticulosamente utilizando herramienta muy singular. Cuando ya tenía un buen número de trastos los quemaba en un hoyo de baja profundidad que tenía contiguo a su casa, utilizando como combustible boñiga de vaca (excremento seco).

El material lo conseguía en una loma que estaba detrás de su casa, donde cortaba y cernía la tierra colorada, en lo cual duraba horas de cada día y en ocasiones varios días. Sus herramientas eran primitivas, ya que se valía de estacas de garambullo, madera muy dura ya seca, que iba clavando ayudada por una piedra que hacía las veces de martillo y arrancaba truscos al paredoncito de un hoyo que se había formado en tantos años de realizar estas excavaciones.

Era raro ver una herramienta de metal, excepto aquellas que se encontraba en su constante andar por el “camino real” y las veredas que transitaba en busca de leña para su hornilla, la cual nunca se apagaba totalmente.

La Pitacia tenía una resistencia física envidiable, lo mismo cargaba leña de un burro, que levantaba piedras de gran volumen para quebrar los grandes leños que necesitaban hacha, la cual ella no poseía y si la tenía prefería la técnica de las piedras porque era más rápido.

En la preparación para hacer “los trastes” de barro rojo, empezaba por cernir con mucho cuidado la tierra colorada hasta dejarla tan fina que se escurría entre los dedos y entonces declaraba un tanto fatigada “ya esta buena”; acto seguido la bajaba de la loma en botes y baldes de todo tipo ya de éstos tenía muchos, porque le habían sido canjeados por sus ollas y algunos eran desechos que encontraba en su constante peregrinar por caminos y veredas, principalmente en el vado del río. Mezclaba la tierra cernida con arena, la cual también preparaba cuidadosamente y la extraía del arroyito que con el tiempo se conoció como “de la Pitacia”, como una referencia local.

La Pitacia no sabía leer ni escribir, pero tenía buena memoria: se acudía con ella para confirmar tal o cual acontecimiento; lo curioso es que sus referenciales eran acontecimientos naturales como: “cuando la creciente grande”, “cuando la sequía”, “cuando la fiebre X”, “cuando murió o mataron a fulano”, etc.

Era muy servicial, siempre estaba atenta de las parturientas y se ostentaba como comadrona. Sabía de remedios para todo, aunque a veces no le resultaban y no admitía fácilmente que había fallado.

Muchos se preguntaban de qué tribu indígena descendía la Epitacia y muchos de los pobladores de El Jojobal coincidieron en que nació de familias muy antiguas de la región, probablemente Opatas y Yaquis mansos que habían huido del Valle del Yaqui en las guerras contra el yori en los siglos XVIII y XIX.

El nombre de El Jojobal probablemente provenga de los indios Jojoba que se dice fueron pobladores de esta comunidad en la época en que se fundó el pueblo de Huépac (1642) y años después se fundó San Felipe como hacienda de beneficio mineral.

La Pitacia no salía del Jojobal, muy a la larga iba a San Felipe, al Ranchito de Huépac y quizá a Huépac en una ocasión, pero las compradoras de sus trastos de barro iban de esos pueblos así que, cuando menos, dos o tres veces al año se informaba de los acontecimientos de la región, amén de las charlas con sus vecinos.

No manejaba bien el dinero de alta denominación, en esos tiempos un billete de 20 o 50 pesos representaba mucho valor; por la tanto, vendía al trueque, recibiendo granos, frijol y maíz principalmente, a cambio de sus ollas y cajetes; uno que otro retazo de tela, unas chanclas o aquello que “las truequeras” sabían que le iba a solucionar una necesidad. Se comentaba entre la gente del pueblo que algunas “cambalacheras” no eran muy justas en sus trueques, pero la Pitacia seguía surtiendo lo que elaboraba a todo comprador.

Era muy buena cocinera, de cualquier pedacito de carne de res, de cochi o de venado, hacia su famosa “carne con chili” como ella misma decía, con mucha semilla y acompañado de gordas de maíz y café negro.

La Pitacia tuvo un hijo, el cual lamentablemente murió de picada de alacrán y ella muy poca mención hacia el acontecimiento.

Su casa era sólo un cuarto con una puerta y una ventana; un estrado con la hornilla en el extremo de entrada y al fondo todas sus posesiones bien acomodadas, entre la que siempre había utensilios varios para hacer sus ollas y cajetes. Colgaba muchas cosas de las paredes estancando en los huecos de los adobes; en un zarzo de carrizo, guardaba alimentos que resguardaba de los ratones.

Tenía una hermana y dos hermanos en el mismo pueblo, uno de ellos era su vecino; sin embargo, no frecuentaba mucho a sus parientes, prefería vivir un tanto aislada de los demás y defendía mucho su independencia.

Casi no generaba basura y la poca que aparecía terminaba en la hornilla que nunca se apagaba.

Siempre traía la cabeza tapada con un trapo blanco, rara vez de otro color y prefería sus naguas negras y blusa blanca. No usaba colores chillantes en su atuendo, como solían vestirse los indígenas de aquellos tiempos.

Menguada su salud por la vejez, fue llevada a San Felipe, donde su sobrino le hizo un cuarto en el cual pasó sus últimos años acompañada de una sobrina y su familia. Falleció a principios de los 70’s.

Personajes como éste quedan grabados para siempre. Epitacia se caracterizó por su honradez y humildad, valores que acompañaron siempre a esta digna representante de nuestras etnias.

Sirva esta remembranza como un pleno reconocimiento a todos los sonorenses cuyo origen trayectoria y forma de vida se acuñó en algunos de los muchos pueblos en que vivieron nuestros antecesores.

Texto editado de su original tomado de: “Me lo contaron, lo cuento”.

Libro de Prof. Jesus Terán Morales

Ilustración: Grabado de Ma. Del Carmen Morales. (2010)

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